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Pregón Pascual Gregoriano



Exulten por fin,
los coros de los ángeles,
exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria
de Rey tan poderoso,
que las trompetas
anuncien la salvación.


Goce también la tierra,
inundada de tanta claridad,
y que radiante con el fulgor
del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla
que cubría el Orbe entero.

Alégrese también,
nuestra Madre la Iglesia,
revestida de Luz tan brillante;
resuene este Templo,
con las aclamaciones del pueblo.


Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad
de esta Luz santa,
invocad conmigo la misericordia
de Dios omnipotente.

Para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de sus diáconos,
infundiendo el resplandor de su luz,
me ayude a cantar
las alabanzas de este Cirio.


V/: ¡El Señor esté con vosotros!
R/: ¡Y con tu espíritu!

V/: ¡Levantemos el corazón!
R/: ¡Lo tenemos levantado
hacia el Señor!

V/: ¡Demos gracias al Señor,
nuestro Dios!

R/: ¡Es justo y necesario!

En verdad es justo y necesario,
aclamar con nuestras voces,
y con todo el afecto del corazón,
a Dios invisible,
el Padre todo poderoso,
y a su único Hijo,
nuestro Señor Jesucristo.

Porque Él ha pagado por nosotros
al eterno Padre la deuda de Adán,
y derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado.


Porque éstas son
las fiestas de Pascua,
en las que se inmola
el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra
las puertas de los fieles.

Esta es la noche,
en que sacaste de Egipto
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche,
en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.


Esta es la noche,
en la que, por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo,
son arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la Gracia
y son agregados a los Santos.
Esta es la noche,
en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.

¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?
¡Qué asombroso beneficio
de Tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo,
entregaste al Hijo!


Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado
por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa
que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó
de entre los muertos.


Esta es la noche,
de la que estaba escrito:
"Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo".


Y así, esta Noche Santa,
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia,
doblega a los poderosos.

En esta noche de Gracia,
acepta, Padre Santo,
este sacrificio vespertino de alabanza,
que la Santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros,
en la solemne ofrenda de este Cirio,
hecho con cera de abejas.


Sabemos ya lo que anuncia
esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva
para gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta
de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda,
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa,
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!


Te rogamos, Señor, que este Cirio,
consagrado a Tu nombre,
arda sin apagarse para destruir
la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal
lo encuentre ardiendo,
ese Lucero que no conoce ocaso,
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso,
por los siglos de los siglos.

R/: Amén

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