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Cada vez que digo que yo soy creyente



Cada vez que digo
que yo soy creyente,
aparece algún valiente
que me juzga,
con la voz cobarde
del intransigente,
que surge siempre
de la censura.

Ésos que presumen
ser inteligentes,
y van buscando
su razón en la incultura,
porque no entienden que la Fe
me haga más fuerte.

Que simplemente es
un invento de los curas,
que surge nada más,
que surge por el miedo
hacia la muerte.

¡Y a quién se ofende
si le doy gracias a Dios!
¡Y a quién se ofende
si le pido protección!
¡Qué más me da, quién me comprende,
si el creer me hace más fuerte
y me hace ser mejor persona!

Si a Dios lo encuentro
solamente en el Amor.
Y no en las manos indecentes,
que se justifican si le adoran,
y en las manos pederastas,
ni de aquellos que mataran,
ni juraran en su nombre.

Dios está en las manos del que ayuda,
del que no pregunta nunca
y que perdona los errores.

Ése es el Dios que me llena.
Ése es el Dios que ilumina.

Y si en el mismo día en que me muera,
compruebo de verdad que no existiera,
la misma Fe que muchos tirarían,
si me hizo ser feliz toda mi vida,

¡Ya habría valido la pena!
¡Ya habría valido la pena!

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